Definitivamente, una cosa es ser gay de redes y otra muy diferente es entender y vivir la defensa de los derechos de las personas LGBTI en un país que asesina a una persona diversa cada 32 horas, según cifras de Caribe Afirmativo.

Lo digo porque frente a la decisión del Gobierno de Colombia de salir de la Coalición por la Igualdad de Derechos he visto demasiados análisis que intentan reducir la discusión a un asunto administrativo o económico. Y no. Claro que salir de la Coalición no quita derechos per se. Pero sí envía un mensaje político sobre la importancia que este Gobierno le da a nuestras vidas y a la defensa de nuestros derechos.

También se ha dicho que hacer parte de la Coalición implicaba gastos para el país. Eso es falso. Esa es la excusa que se ha dado para que sus seguidores puedan repetirla, minimizar la decisión y, de paso, minimizar las vidas de otros colombianos que también pagan impuestos y cuyas vidas el Estado también tiene la obligación de proteger.

Las personas LGBTI también son colombianas. Trabajamos, estudiamos, construimos familias, pagamos impuestos y aportamos a este país. Nuestras vidas no son un gasto ni nuestros derechos una concesión que un Gobierno pueda decidir cuándo defender.

Pero quizás lo más preocupante no sea solamente la decisión del Gobierno, sino lo que ha ocurrido después. Basta leer los comentarios en las publicaciones sobre esta noticia para comprobar algo que muchos llevamos años advirtiendo: EN COLOMBIA, LA HOMOFOBIA SALIÓ DEL CLÓSET.

Se esfuman los aliados y los amigos. Cada día el ataque es más furibundo, más descarado y más peligroso. Y quienes luchamos por la defensa de nuestros derechos quedamos expuestos para que nos caigan como aves de rapiña.

Hoy sectores antiderechos y religiosos se sienten empoderados y respaldados. Creen que tienen la verdad y que, por tenerla —o por creer tenerla—, tienen derecho a imponerla.

Hablan de una mentira llamada “ideología de género”, mientras quieren IMPONER DE FRENTE SU PROPIA IDEOLOGÍA MORAL Y RELIGIOSA sobre la vida de los demás.

Y aquí está la contradicción: nos acusan de querer imponer una forma de vivir, mientras pretenden decidir cómo debemos vivir nosotros. Nos acusan de querer destruir la familia, mientras cuestionan la legitimidad de nuestras familias. Nos acusan de tener una ideología, mientras intentan convertir su propia moral en una regla para toda la sociedad.

Aquí nadie puede imponerle nada a nadie.

Nosotros no queremos decirles cómo vivir, qué creer, a quién amar ni cómo formar sus familias. Solo exigimos que respeten lo que somos y que nos dejen vivir y decidir.

Porque yo no necesito que estés de acuerdo con mi orientación sexual para respetar tu derecho a vivir como quieras. Tampoco necesito que compartas mis decisiones para reconocer mi dignidad. Lo mismo exigimos nosotros: respeto, igualdad y libertad para vivir nuestras vidas sin miedo.

Por eso también preocupa el silencio de quienes durante años se llamaron aliados. Defender los derechos humanos cuando hacerlo es cómodo es muy fácil. La verdadera prueba aparece cuando defenderlos incomoda, cuando genera ataques o cuando levantar la voz tiene un costo.

Colombia ha recorrido un camino difícil para ampliar derechos y libertades. Ese camino no está terminado. Y los derechos no deberían depender de quién gobierna, de qué religión tenga la mayoría ni de qué discurso sea más popular en un determinado momento.

Por eso esta discusión no es solamente sobre una coalición internacional. Es sobre el mensaje que recibe una población que todavía enfrenta violencia. Es sobre el espacio que estamos dispuestos a darle al odio. Y es sobre si vamos a permitir que nuestras vidas vuelvan a convertirse en un campo de batalla político y religioso.

Así que sí: la homofobia salió del clóset.

Pero que nadie se confunda. La diversidad salió del clóset hace mucho tiempo. Y no va a volver a entrar.