Antes de finalizar el día, creo que es importante enviar un mensaje a mis hasta hoy copartidarios. En especial a esos que decidieron silenciar a algunos de nuestros dirigentes electos cuando se entregaron al Pacto Histórico y el Gobierno Nacional; a los que públicamente afirmaron que solo harían alianzas si se respetaba la Constitución; a los que han guardado un silencio absoluto frente a los escándalos de corrupción que hoy rodean al Gobierno Petro.
Cuando expresé esta posición me llamaron desfasado, histérico, antidemocrático, rebajado y desatado. Todo porque decidieron hacerlo sin cumplir aquello que ellos mismos habían prometido defender.
Con arrogancia y soberbía algunos nos dijeron públicamente: “si no les gusta, váyanse”. Creyeron que habían tomado el poder con ambas manos y que eso les daba el derecho de expulsar, en la práctica, a quienes construimos partido junto a ellos, e incluso algunos, antes que ellos.
Nunca les exigimos un apoyo unánime a quienes respaldábamos. Lo único que pedíamos era libertad para apoyar a quien consideráramos conveniente dentro de unos mínimos que nos unían como colectividad (No Paloma y no Abelardo). Pero no quisieron respetar ni la opinión ni la libertad.
Pero hoy la realidad vuelve a poner las cosas en perspectiva.
Los resultados de la primera vuelta demuestran que quienes nos hemos opuesto a una constituyente no lo hacíamos por capricho ni por cálculo político. Lo hacíamos porque entendíamos el riesgo de abrir la puerta a un proceso cuyo resultado nadie puede garantizar.
Algunos siguen presentando una nueva constitución como una cruzada progresista. Pero los números muestran otra cosa. Una eventual constituyente podría terminar dominada por sectores de extrema derecha con la fuerza suficiente para desmontar conquistas históricas en materia de derechos y garantías. No habría un David enfrentando a Goliat. Habría dos gigantes disputándose el poder mientras el progresismo —petrista o no petrista— corre el riesgo de convertirse en un actor marginal dentro de una discusión que ayudó a convocar.
Sería una trágica paradoja: poner en riesgo la Constitución de 1991 para sacar adelante reformas que perfectamente pueden tramitarse por las vías institucionales existentes. Abrir una puerta para ampliar derechos y terminar encontrando detrás de ella el camino para restringirlos.
Por eso la discusión de fondo no es electoral. Es democrática.
Ha llegado la hora de reconocer que existe un progresismo distinto al petrismo. Un progresismo que no se define por la obediencia sometida, sino por la defensa de principios. Un progresismo que entiende que construir mayorías implica tender puentes y no levantar muros. Que puede hacer lo que muchos de ese lado no saben, dialogar con quienes piensan diferente sin renunciar a sus convicciones.
También es momento de abandonar el sicariato político y digital que convierte cualquier crítica en una traición y cualquier diferencia en una declaración de guerra. Ningún proyecto democrático puede sobrevivir si necesita enemigos internos para justificar sus errores.
En los próximos 21 días Colombia enfrentará una de las decisiones más importantes de los últimos años. Y para afrontarla necesitaremos más respeto y menos fanatismo; más argumentos y menos consignas; más democracia y menos imposiciones.
Porque al final, lo que está en juego no es quién tiene la razón dentro de una disputa partidista. Lo que está en juego es la capacidad de defender juntos los derechos, las libertades y la Constitución que protege a todos los colombianos.
Ojalá algún día entiendan que siempre estaremos del mismo lado, aunque defendiendo causas comunes por caminos distintos. Que nunca fuimos el problema. Éramos la advertencia.
Comentarios recientes