Señor presidente:
Usted llega hoy a ese cargo después de una campaña profundamente polarizada, una campaña en la que decidieron sembrar miedo, amenazas y división, pero no sé si creerle. Con el tiempo ha dicho una cosa y luego la contraria; ha pasado del blanco al negro con demasiada facilidad. Así es difícil creerle, para bien y para mal.
Pero hay algo que sí debe tener claro: aunque hoy decida no cumplir las amenazas que alimentó durante la campaña, las palabras son semillas. Y en Colombia, lamentablemente, hay tierra fértil para hacerlas germinar.
Hay quienes llevan años esperando el momento para destripar, perseguir, silenciar o destruir a quienes pensamos diferente.
Ya lo han hecho antes y muchos quieren seguir haciéndolo. Su discurso no creó ese odio, pero sí alimentó la sed de violencia y de exclusión de quienes encontraron en sus palabras una autorización para despreciar al otro.
Durante décadas, mujeres, personas negras, pueblos indígenas, campesinos, personas LGBTI, defensores del ambiente y quienes luchan por la protección de los animales hemos sido víctimas de la discriminación, la estigmatización y la violencia.
Esa realidad no empezó con usted. Pero sí temo, y lo digo con absoluta honestidad, que después de esta campaña ese odio se siente más legitimado, más fuerte y más dispuesto a actuar.
Pero, Abelardo, también quiero decirle algo. Aquí estamos. Preocupados, sí, porque sería falso negarlo. Pero también con coraje. Con el coraje suficiente para defender nuestros derechos, libertades y dignidad.
La libertad de ser, de amar, de pensar, de decidir, de defender la naturaleza y de proteger la vida de los animales no es un privilegio que alguien pueda conceder o quitar según su ideología. Son derechos conquistados y no estamos dispuestos a dar ni un solo paso atrás.
Nosotros no amenazamos. Nosotros existimos. Resistimos. Y seguiremos levantando la voz, ocupando todos los espacios que sean necesarios para defender nuestras vidas, nuestras causas y nuestras libertades.
Porque ningún gobierno, por poderoso que se crea, podrá arrebatarnos la dignidad de vivir en libertad.
Y ningún discurso de odio podrá borrar la sonrisa de quienes seguimos creyendo que un país más justo, más diverso y más feliz siempre será posible.
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